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Deconstrucción (I) marzo 14, 2008

Posted by Spender in Crónica de Marte.
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Siempre es preciso dar cuerda a tu existencia cuando estás lejos de tu punto de partida. Como a un reloj, se trata de dar impulso a tus convicciones, cambiar lo que juzgaste inadecuado, mirar las estrellas todas las noches para verte en tu dimensión real o borrar las huellas del pasado antes de que se tatúen en tu piel y sea demasiado tarde.

Sobre las colinas rojas donde descansamos tras desconectar la voz de la humanidad -tosca, fría y despiadada- era fácil adivinar cuál era el siguiente paso. Nuestros relojes vivían sincronizados desde que aterrizamos pero también sufrían con los sobresaltos de ecos que creíamos desaparecidos.

Así que el único camino posible era descender a los ríos marcianos, seguir su curso, descansar en las praderas de sus orillas y encontrar la verdadera esencia marciana en sus ciudades, para conseguir que la vida por fin nos elija a nosotros y nos asigne un nuevo comienzo, una nueva identidad: que nos de cuerda para perdernos girando entre el infinito del universo y la estrechez del colchón de nuestra cama.

Rojo y negro, de Stendahl febrero 3, 2008

Posted by Sr. William Stendahl in Crónica de Marte.
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Rintrah ruge y sacude sus fuegos en el aire opresor. Nubes hambrientas oscilan sobre el abismo. Los demonios de plata bailan entre las llamas avivadas por el diablo profeta y su divina justicia. Las llamas crean y deshacen la noche marciana, ocultando las estrellas y los cometas, aislando al planeta infierno del resto del universo. Ocultos tras su cortina de humo, las criaturas metálicas obran con destreza y movimientos imposibles. Abominación, locura, lujuria y exceso sobre el polvo.

Las llamas crean y deshacen la noche marciana. El planeta-infierno se ilumina con la destrucción de las últimas huellas de la vida humana. Marte y la Tierra. Rojo y Negro. Fuego y ceniza.

Rintrah ruge y sacude sus fuegos en el aire opresor. Los demonios de metal mueven sus cuerpos con ritmo aberrante entre el crepitar de las llamas. Y Rintrah, el profeta, pronuncia con su voz oscura: quienes reprimen su deseo son aquellos cuyo deseo es bastante débil para poder ser reprimido. Y una vez reprimido, se vuelve gradualmente pasivo hasta no ser sino la sombra del deseo.

Y cuando la última pared del poblado humano, reflejo del alma de la humanidad completa, convencional, conservadora, práctica y debil, fue devorada por las llamas, los diablos arrancaron sus vestimentas de plata y saltaron a los canales para sacudirse el fuego y la ceniza.

Entonces y sólo entonces, la raza humana desapareció del desorden perfecto del universo, devorada por el fuego del planeta infierno, condenada y castigada por los demonios grises.

Olympus Mons (y III) enero 31, 2008

Posted by Spender in Crónica de Marte.
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Como dos niños que a duras penas logran mantenerse en pie, nos levantamos temblado, esperando el último golpe de gracia que nos hiciera desaparecer de allí. Quizá lo esperábamos por nuestra estirpe, por nuestro pasado humano que nos condenaba y que se regocijaba en nuestro penar haciéndose notar siempre que tenía la oportunidad. Pero nada ocurrió. Nos sujetamos el uno al otro, sintiendo nuestros fríos y asustados huesos crujir y gritar en términos que desconocíamos.

Algo nos hizo movernos, como ese instinto primitivo que te hace agudizar todos los sentidos e inclinar la cabeza esperando respuestas. Sí, nos movimos. Al principio dubitativos, y después inconsciente e imprudentemente rápidos. De haber tenido medio hilo de voz, a buen seguro hubierámos gritado en medio de aquella aceleración. Las palabras que oímos tumbados sobre el polvo rojo adquirían nuevos tonos, y comenzaron a matizarse, a descubrir sus íntimos estados de angustia, de horror. Y con ellas, nuestras máscaras, que se retorcían sobre nuestros rostros.

Cuando, rodeados del eco, de las frases que ya distinguíamos con claridad y de los acoples metálicos nos decidimos a abrir los ojos, nos aturdió el paisaje que nos encontramos. De no haber sido por la fría plata que nos cubría el rostro, habríamos jurado estar en la Tierra. Vimos un pueblo como los que dejamos atrás, un pasado trasportado al futuro que queríamos empezar de cero. Y una megafonía recitando consignas para abandonar todo aquello. Frases vacías, como las que en su día nos quisieron enseñar para imponernos su miedo, su negocio.

Lloraste de rabia. Perdimos la cabeza y lanzamos piedras contra aquellos malditos profetas que casi nos roban nuestra oportunidad, nuestra vida. Y pronto, cuando exhausta descansaste sobre el pavimento de aquella calle desierta, me levanté para buscar la fuente de todos nuestros males anteriores y desconectarla. Un último “Atención, abandonen sus viviendas y enumérense sobre la rampa de acceso de su nave asignada” y todo hubo terminado. Y no estaba allí cuando ocurrió, pero sé que te levantaste decidida y oí tu última lágrima abriéndose contra el suelo.

Allá en la tierra enero 26, 2008

Posted by Sr. William Stendahl in Crónica de Marte.
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El cielo de Marte es el más grande que la mente humana haya podido imaginar. La superficie del planeta es tan llana y alargada, y las estrellas, que no tienen que competir con ningun artificio de luz humana, brillan con tanta fuerza, que el cielo parece desplomarse sobre nosotros, aplastándonos contra el suelo.

Cuando llegamos aquí trajimos poco equipaje. Ya lo dijiste una vez: las prisas, el miedo a la guerra, a separarnos, no nos dejaron planificar la fuga ni empaquetar nuestras pertenencias. Yo dejé atrás sonidos familiares, imágenes formadas por capas de recuerdos en sepia, blanco y negro, y color, proyectos marchitos e inacabados, y libros leidos en noches en vela y releidos en viajes inerminables para encontrarme contigo, esas historias que llenan los momentos vacíos de nuestra vida. Los echo de menos más que a nada.

Hay días en los que pienso que dejé atras lo importante y me traje maletas llenas de cosas innecesarias. Muchas otras pertenencias llegaron a Marte conmigo sin ocupar apenas espacio: el miedo, la oscuridad, la rabia, la ira… Las cambiaría todas por cualquier libro de Bradbury, Poe o Ellis. Por una sola palabra de los geniospoetas.

De todos esos bultos ligeros e innecesarios, uno me atosiga más que nada, aferrándose a mis hombros mientras la gravedad lo atrae con fuerza hacia el suelo. Me sienta en el polvo rojo, que flota ante mis ojos, y  eleva mi cabeza hacia las estrellas. La melancolía me hace añorar la Tierra. La busco entre los puntos de luz: ese azul celeste que mirábamos alejarse hasta convertirse en un recuerdo a través del cristal de la cabina del cohete en el que llegamos aquí. Siempre pienso en qué estará pasando allí en la Tierra, en ese mismo intante en el que yo retuerzo mis dedos sobre la tierra de Marte.

Entonces, cuando mi búsqueda es en vano, recuerdo que en la Tierra, en ese mismo instante, no está pasando nada. Nada en absoluto. Porque la Tierra se partió en mil pedazos allá en el cielo estrellado, a tantos kilómetros de aquí que no oímos los gritos. Y entonces, todas las veces que pienso en todo lo perdido, todo lo que no pude traer en mis maletas, a todos los que dejamos allí, ni siquiera la sangre marciana que ahora corre por mis venas puede impedir que derrame lágrimas metálicas tras mi inexpresiva máscara de plata, mientras pienso qué pasará en ese mismo instante allá en la Tierra.

Olympus Mons (II) enero 2, 2008

Posted by Sr. William Stendahl in Crónica de Marte.
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El viento cesó de golpe. También nuestros latidos y nuestras respiraciones parecieron apagarse. Durante los lentos segundos que permanecimos callados, con los ojos muy abiertos, todo el planeta pareció morir bajo nuestros cuerpos. La tierra se volvió rugosa y su frío nos traspasó los huesos. El aire se detuvo, quedando enrarecido, como si estuviésemos encerrados en una cámara hermética. Sólo permanecieron aquellas voces tan lejanamente familiares, aquellas palabras pronunciadas metódicamente, con una dicción perfecta. Aquellos sonidos, como de flautas de madera, tan diferentes a los sonidos de los instrumentos de metal. Unas voces que no eran de latón, ni de acero, de hierro, que no eran de plata. Retumbando. Revolviéndolo todo, haciendo temblar el universo entero.

Palpaste la distancia mínima que separaba nuestros hombros, recorriendo el polvo rojo con tus dedos. Buscabas mi contacto y, al sentirlo, mi cuerpo entero se sobrecogió. Te miré con ojos desorbitados, leyendo en los tuyos mi mismo pensamiento. Vi cómo se apagaban tus pupilas, cegadas por las lágrimas, la rabia, la preocupación, el miedo. Cinco segundos de pánico. Sólo nos concedimos eso. No había ya mucho más miedo que ofrecer. 

Abrí mi bolsa y saqué dos láminas de plata, esta vez sin expresión. Puse una en tus manos y, sin mediar palabra, la colocaste sobre tu cara. Habíamos pasado tanto tiempo solos en este planeta que ya no necesitabamos usar nuestra voz para entendernos. Una de las razones era que nuestros ojos solían ser más rápidos que las intrincadas y engañosas reglas del lenguaje. La otra, aunque nunca habíamos querido reconocerlo, que nuestras voces de humanos, duras y toscas, como labradas en madera, habían llegado a horrorizarnos. Ya nos habíamos acostumbrado al sonido dulce de las voces de metal, como silbidos de plata.

Olympus Mons (I) diciembre 14, 2007

Posted by Spender in Crónica de Marte.
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Nunca supe contar historias. No sabía mantener la atención de nadie cuando lo intentaba. Especialmente complicadas eran aquellas en las que yo era el protagonista: trataba de restar importancia a los detalles de los que generalmente cualquier oyente querría saber más.

Quizá por eso crea que mi historia aquí, en Marte, de poco o nada puede servir a quien quiera oirla. Las noches marcianas parecen hogueras encendidas muy muy lejos de donde estás. Siempre, te encuentres donde te encuentres, ves pequeños focos que salen del suelo apuntando muy alto. Es un paisaje muy parecido al de la Tierra, incluso mirando al cielo las estrellas son las mismas que allí abajo. Me quedan pues pocos recursos para engancharos a un relato, que sin embargo, cambió nuestra vida en este pequeño punto de la nada.

Todo ocurrió en una noche marciana especialmente lúgubre. Los pequeños reflejos que se producen en la superficie y que provoca el efecto luminoso que tranquiliza a cualquier retina terrestre malacostumbrada a dormir bajo un techo protector cada noche, eran muy tenues. Todo depende de lo cerca o lejos que uno esté del volcán del Monte Olimpo y su cordillera. 27 kilómetros por debajo de su cima, todo se ve de una manera distinta. La perspectiva cambia.

Al llegar allí, sin mediar palabra, nos tumbamos mirando hacia arriba. Queríamos sentir el movimiento del planeta bajo nuestros cuerpos. Nunca hay nubes, así que el entretenimiento aquí, en vez de hallar formas reconocibles en el cielo de día, consiste en buscar melodías conocidas en los silvidos del viento al pasar por las rocas que agujereamos.

Hasta que las melodías se convirtieron en voces. Y las voces en palabras.

Blonde on Blonde noviembre 13, 2007

Posted by Spender in Crónica de Marte.
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Mientras Saturno devora a sus hijos
Lapido escribe otra canción
Que habla de flores y alambre de espino
De olvidos y de superstición
De otro tiempo y otro lugar

José Ignacio Lapido, En otro tiempo, en otro lugar

Lo único que nos ata a la roca azul que abandonamos en su atardecer, hace algunos años, es el sonido de nuestros vinilos polvorientos. Solemos sentarnos en las noches de insomnio y escucharlos bajo la tenue luz de la quinta estación marciana cuyas noches de agobiante calor y días de lluvias incesantes, nos atan a nuestro refugio y nos mantiene despiertos durante dos largas semanas.

Pocos libros sobrevivieron al viaje. Algunos ni siquiera pudimos salvarlos la noche que la Tierra se hizo añicos. Lo teníamos previsto: sabíamos cuáles eran imprescindibles pero, desorientados por el pánico, muchos quedaron atrás. Mi obsesión, sin embargo, salvó los viejos discos que coleccionábamos.

Sus sonidos se reproducen siempre igual que la vez anterior. Y cuando tarareamos sus melodías, recordamos cada salto, cada mota de polvo en ellos, cada voz rota. E imaginamos a los músicos, en estudios llenos del humo de sus cigarros, acariciando las cuerdas de una guitarra, imaginándose erguidos como el faro de una generación que quiso cambiar el mundo.

Y por un momento nos sentimos allí, entre ellos, dictando en voz baja el siguiente verso, poniendo nuestros labios sobre la armónica que suena, sintiendo su vibración, formando parte de algunos de los pocos momentos por los que la humanidad merecerá ser recordada.

Lunas llenas septiembre 24, 2007

Posted by Spender in Crónica de Marte.
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Asustado, sintiéndome enfermo,
como una temporada en el infierno.
Intentando ver una salida,
encontrando más problemas todavía

Los Planetas Corrientes circulares en el tiempo

Siempre, desde que tú las descubriste aquella eterna noche marciana, salimos a la ventana cuando todas las lunas son lunas llenas durante un par de horas y oímos las voces aflautadas pero, a su vez, metálicas, que nos llegan desde el bosque rojo más cercano a nuestro pequeño hogar.

Suelen ser noches frías. Salimos envueltos en nuestras sábanas, y tiritando nos miramos a los ojos, atendiendo a cualquier pequeño ruido que llegue de fuera.

La última vez fue distinta. Un alarido nos despertó, como quien despierta a un sonámbulo, frente a frente, con los ojos como platos y tu cara llena de una angustia que no conseguí borrar. Nos descalzamos y caminamos hasta nuestra cama. Te tumbaste y te encogiste, esperando mi mano sobre tu pelo.

Lo hice. Jugué con tu cabello. Tú respirabas más tranquila. Encendí una pequeña vela y te recité poemas de versos cortos. Poemas que hablaban hogueras tranquilas, estrellas fugaces, árboles heridos de otoño. Y te dormiste apretando los labios, y agarrando fuerte mi mano.

Aquella noche apagué la vela, y cuando me hube acostumbrado a la oscuridad, no pude hacer otra cosa que observarte y llorar.

Cuando aparezca el sol julio 25, 2007

Posted by Sr. William Stendahl in Crónica de Marte.
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– Las estaciones son extrañas en este planeta.

– A veces olvidas que los extraños aquí somos nosotros.

 – En la Tierra sería verano. Haría calor. Podríamos tumbarnos sobre la hierba y sentir el sol.

– Pero ya no estamos en la Tierra. Ahora vivimos en Marte.

No deja de llover. Gotas de agua azul, verde y dorada que cae sobre el polvo del suelo, convirtiéndolo en barro. Hace días que no salimos del refujio, donde permanecemos tumbados, el uno junto al otro, dormitando y acariciándonos. A veces nos besamos durante horas. En los momentos perdidos, mientras tú descansas, yo estudio cómo controlar la pequeña araña de oro, pero aún la enredo entre mis dedos sin obtener ningún resultado.

 Una mañana por fín aparecerá el sol, dejando paso a noches en las que las nubes nos dejen ver las estrellas y las lunas. Mientras tanto sólo salimos a por alimentos o para taponar las goteras del tejado, siempre protegidos por nuestras máscaras de plata: la tuya sonriendo; la mía inexpresiva.

Polvo rojo. Máscaras de plata. mayo 31, 2007

Posted by Sr. William Stendahl in Crónica de Marte.
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Tenía miedo de volver. Tú estabas más animado. Parecía que te habías liberado de toda la tensión y que ésta ahora se agarraba con fuerza de mis piernas. Por eso me costaba tanto andar. Caminaba despacio y tú te quejabas. Yo sólo te respondía con medias sonrisas. En todo el camino jamás dejé que vieses mis ojos. Una mañana no tuve fuerzas para ponerme en pie. Tú querías seguir, llevándome en brazos, pero conseguí convencerte de que aquello era una estupidez: avanzaríamos despacio y entonces serías tú el que acabaría agotado. Sólo necesitaba descansar. Permanecimos días enteros tumbados sobre el polvo de los caminos marcianos, en silencio. Cuando me preguntaste sobre mi forma de temblar te respondí que era debido al frio que me llegaba del suelo.

Cuando no pude retrasarlo más, nos pusimos en marcha de nuevo. Y, un día, divisamos a lo lejos nuestro viejo campamento, el lugar donde habíamos vivido desde que llegamos a Marte. El único sitio al que podíamos llamar hogar desde que teníamos consciencia.

Me detuve de nuevo, pálida, y traté de agarrarte del brazo, pero se escapó entre mis dedos como un pez de plata de los que habitan los canales. “No vayas. Ya no es nuestro”, te dije en un susurro que no oiste. Y seguiste caminando. Unos pocos metros más alante de donde se clavaron mis pies, tú también notaste el reflejo metálico que llegaba desde nuestra casa de madera. Entonces giraste la cara para ver la mía, y entendiste mi terror. Mientras nosotros salimos en su busca, siguiendo el zumbido ferroso de sus voces en el aire,  vinieron a nuestro campamento y, desde entonces, esperaban pacientemente nuestro regreso.

Llegamos cogidos de la mano, sintiendonos culpables, como niños cogidos en falta. Su máscara carecía de expresión definida, pero sus ojos amarillos eran amables. Su voz resonó en nuestras mentes: llevaban tiempo observándonos, viendo como viviamos y nos adaptábamos a Marte. También habían estudiado a los que anteriormente tomaron las ciudades marcianos y las redujeron a escombros, barriendo los huesos calcinados por la viruela. Pero nosotros no ensuciabamos los canales, no rompíamos las vidrieras de las torres ni fundíamos los libros de hojas de plata. Después de mucho mirarnos comprendieron una cosa. Nosotros no pertenecíamos a la raza humana.

 Ahora que aquellos no podían volver, los centenarios marcianos podrían descansar tranquilos. En sus barcos de arena volverían a surcar los mares secos adentrándose en el planeta, en el otro hemisferio. Allí seríamos bien recibidos. Antes de irse nos dio un paquete envuelto en una tela de brillo metálico y amarrada con una cinta de cobre. Luego deposito en mi mano una araña de oro.

Cuando lo vimos desaparecer sobre la colina roja, nos miramos abrumados. El regalo consistía en seis máscaras de plata con explesiones diferentes. Tenían razón, esto suponía la total extinción de la raza humana: nosotros ya éramos marcianos.