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Allá en la tierra enero 26, 2008

Posted by Sr. William Stendahl in Crónica de Marte.
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El cielo de Marte es el más grande que la mente humana haya podido imaginar. La superficie del planeta es tan llana y alargada, y las estrellas, que no tienen que competir con ningun artificio de luz humana, brillan con tanta fuerza, que el cielo parece desplomarse sobre nosotros, aplastándonos contra el suelo.

Cuando llegamos aquí trajimos poco equipaje. Ya lo dijiste una vez: las prisas, el miedo a la guerra, a separarnos, no nos dejaron planificar la fuga ni empaquetar nuestras pertenencias. Yo dejé atrás sonidos familiares, imágenes formadas por capas de recuerdos en sepia, blanco y negro, y color, proyectos marchitos e inacabados, y libros leidos en noches en vela y releidos en viajes inerminables para encontrarme contigo, esas historias que llenan los momentos vacíos de nuestra vida. Los echo de menos más que a nada.

Hay días en los que pienso que dejé atras lo importante y me traje maletas llenas de cosas innecesarias. Muchas otras pertenencias llegaron a Marte conmigo sin ocupar apenas espacio: el miedo, la oscuridad, la rabia, la ira… Las cambiaría todas por cualquier libro de Bradbury, Poe o Ellis. Por una sola palabra de los geniospoetas.

De todos esos bultos ligeros e innecesarios, uno me atosiga más que nada, aferrándose a mis hombros mientras la gravedad lo atrae con fuerza hacia el suelo. Me sienta en el polvo rojo, que flota ante mis ojos, y  eleva mi cabeza hacia las estrellas. La melancolía me hace añorar la Tierra. La busco entre los puntos de luz: ese azul celeste que mirábamos alejarse hasta convertirse en un recuerdo a través del cristal de la cabina del cohete en el que llegamos aquí. Siempre pienso en qué estará pasando allí en la Tierra, en ese mismo intante en el que yo retuerzo mis dedos sobre la tierra de Marte.

Entonces, cuando mi búsqueda es en vano, recuerdo que en la Tierra, en ese mismo instante, no está pasando nada. Nada en absoluto. Porque la Tierra se partió en mil pedazos allá en el cielo estrellado, a tantos kilómetros de aquí que no oímos los gritos. Y entonces, todas las veces que pienso en todo lo perdido, todo lo que no pude traer en mis maletas, a todos los que dejamos allí, ni siquiera la sangre marciana que ahora corre por mis venas puede impedir que derrame lágrimas metálicas tras mi inexpresiva máscara de plata, mientras pienso qué pasará en ese mismo instante allá en la Tierra.

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