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Principios de historias que jamás serán escritas agosto 29, 2007

Posted by Sr. William Stendahl in Uncategorized.
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-En momentos como éste le asalta la insoportable sensación de pasar más tiempo yendose de allí que a su lado.-

Esa sería una gran frase para empezar una historia. Cada uno puede imaginarse a dónde conduciría ese relato, quién pronunciaría esas palabras, el contexto y un final dramático. O un final feliz que a mí nunca se me ocurriría por no tener costumbre.

-Le gustaba mirar cómo dormía, frágil e inocente, en calma por primera vez desde que abrió los ojos esa mañana, recogiendose en un ovillo entre sus brazos.-

 Algunas veces, durante mi trabajo diário, suelen venirme a la cabeza frases como ésta. Ronronean en mi oído, dan vueltas y vueltas sobre si mismas, se repiten una y otra vez, para luego irse despacio, y dejarme sola, en silencio. No tengo costumbre de apuntarlas, de memorizarlas. Y, cuando consigo un trozo de papel para guardarlas, luego lo pierdo o lo abandono a su suerte en mi mesa de papeles sin futuro. Existen montañas más fáciles de descender que la que marqué con la bandera de mi incompetencia y mi pereza.

-Ella miraba por la ventana sosteniendo su taza de té entre las manos pálidas. En tardes como esa echaba de menos el bullicio de la casa donde se crió, los brazos de su amante, o envidiaba a los genios que siempre sabían cómo matar el tiempo con sus obras.-

Siempre imagino principios. Nunca llego a desarrollar los personajes y odio tener que avocar a los protagonistas a un final predeterminado por mi ocurrencia. Yo no soy la dueña del destino de nadie: esa es una responsabilidad que nunca cargaré en mi espalda.

Mañana me voy de nuevo. Voy a recuperar muchas cosas, buanas y malas. Voy a volver a mi vida de siempre. La que nunca elegiría si tuviese la oportunidad de pedir un deseo: pero es mía, y sé que está en mi mano el modo de vivirla. Podría ser un principio, pero noto como algo se apaga, como llega el final de una etapa y da comienzo otra que se ha ido acercando sigilosa, por mi espalda, y que está a punto de empujarme hacia todo lo desconocido.

Y, sin embargo, aún puedo aferrarme a lo conocido: las maletas y las despedidas; las tardes de invierno vistas a través de un cristal empañado; los momentos que atrapamos al vuelo, a sabiendas de que la felicidad es un calor momentaneo en un paisaje helado.

Carta breve de despedida para un largo adiós agosto 19, 2007

Posted by Spender in Recuerdos de la Tierra.
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There are places I’ll remember
All my life though some have changed
Some foverer, not for better
Some have gone and some remain

The Beatles In my life

Era muy fácil dejarse llevar por aquellas calles y perder la noción del tiempo observándolas. Poco, prácticamente nada, había cambiado desde aquellos años. Fijó las vista en el edificio donde solía esperarla en las tardes de mayo en que buscaban un banco lo suficientemente alejado del mundo para perderse en él. La balconada ahora la adornaban banderas antes prohibidas, y en su fachada, justo sobre las columnas en las que apoyado solía fumar, con siluetas ennegrecidas aún se podían leer las palabras malditas: Secretaría General del Movimiento.

Un escalofrío recorrió su espalda rápidamente. Se cerró el abrigo sobre su garganta, y con el cigarro siempre entre sus labios pensó en aquellos libros sobre los que tanto solía hablar ella, serpenteando por calles empedradas, esquivando y parando frente a pequeñas iglesias que admiraban durante horas.

Recordó su voz claramente por primera vez en décadas, sus poemas, sus ojos llenos de ira cuando se dejaba ir poco a poco, como el sueño del que quiere dejar todo resuelto antes de partir, y cómo rozó su boca con la punta de sus dedos la tarde que comprendió que aquellos eran los labios de mercurio a los que el poeta había cantado.

El invierno castellano se cerró sobre él. Doblaba las esquinas y caminaba despacio. El aire frío le hizo llorar. Su pelo ya no era tan largo, ni aquel abrigo caro era su vieja gabardina, la que ella le había regalado tras perder su chaqueta en el parque desde el que encaramados a la muralla observaban su pequeña ciudad llevada por la corriente, anestesiada. Y recordó los versos. También la melodía. Y supo que los tiempos ya habían cambiado y que ella, debajo de aquel condenado coche, dormida en el asfalto de otoño, no tuvo tiempo de verlo.

Y sus pasos caprichosos le llevaron a aquel pequeño rincón desde donde el extraño cimborrio de la catedral se iluminó poco a poco al caer la noche. Se sentó en su silencio interior y miró unos metros más allá: aquel banco ya no existía. Pero supo la verdad y pudo comprenderla durante al menos unos segundos. Ella tuvo un sueño y él, él tan solo fue un invitado.