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Polvo rojo. Máscaras de plata. mayo 31, 2007

Posted by Sr. William Stendahl in Crónica de Marte.
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Tenía miedo de volver. Tú estabas más animado. Parecía que te habías liberado de toda la tensión y que ésta ahora se agarraba con fuerza de mis piernas. Por eso me costaba tanto andar. Caminaba despacio y tú te quejabas. Yo sólo te respondía con medias sonrisas. En todo el camino jamás dejé que vieses mis ojos. Una mañana no tuve fuerzas para ponerme en pie. Tú querías seguir, llevándome en brazos, pero conseguí convencerte de que aquello era una estupidez: avanzaríamos despacio y entonces serías tú el que acabaría agotado. Sólo necesitaba descansar. Permanecimos días enteros tumbados sobre el polvo de los caminos marcianos, en silencio. Cuando me preguntaste sobre mi forma de temblar te respondí que era debido al frio que me llegaba del suelo.

Cuando no pude retrasarlo más, nos pusimos en marcha de nuevo. Y, un día, divisamos a lo lejos nuestro viejo campamento, el lugar donde habíamos vivido desde que llegamos a Marte. El único sitio al que podíamos llamar hogar desde que teníamos consciencia.

Me detuve de nuevo, pálida, y traté de agarrarte del brazo, pero se escapó entre mis dedos como un pez de plata de los que habitan los canales. “No vayas. Ya no es nuestro”, te dije en un susurro que no oiste. Y seguiste caminando. Unos pocos metros más alante de donde se clavaron mis pies, tú también notaste el reflejo metálico que llegaba desde nuestra casa de madera. Entonces giraste la cara para ver la mía, y entendiste mi terror. Mientras nosotros salimos en su busca, siguiendo el zumbido ferroso de sus voces en el aire,  vinieron a nuestro campamento y, desde entonces, esperaban pacientemente nuestro regreso.

Llegamos cogidos de la mano, sintiendonos culpables, como niños cogidos en falta. Su máscara carecía de expresión definida, pero sus ojos amarillos eran amables. Su voz resonó en nuestras mentes: llevaban tiempo observándonos, viendo como viviamos y nos adaptábamos a Marte. También habían estudiado a los que anteriormente tomaron las ciudades marcianos y las redujeron a escombros, barriendo los huesos calcinados por la viruela. Pero nosotros no ensuciabamos los canales, no rompíamos las vidrieras de las torres ni fundíamos los libros de hojas de plata. Después de mucho mirarnos comprendieron una cosa. Nosotros no pertenecíamos a la raza humana.

 Ahora que aquellos no podían volver, los centenarios marcianos podrían descansar tranquilos. En sus barcos de arena volverían a surcar los mares secos adentrándose en el planeta, en el otro hemisferio. Allí seríamos bien recibidos. Antes de irse nos dio un paquete envuelto en una tela de brillo metálico y amarrada con una cinta de cobre. Luego deposito en mi mano una araña de oro.

Cuando lo vimos desaparecer sobre la colina roja, nos miramos abrumados. El regalo consistía en seis máscaras de plata con explesiones diferentes. Tenían razón, esto suponía la total extinción de la raza humana: nosotros ya éramos marcianos.

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