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Cartografía agosto 24, 2006

Posted by Spender in Crónica de Marte.
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Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

Juan Ramón Jiménez, El viaje definitivo

Hoy hemos acabado el primer mapa detallado de Marte. Sí, supongo que hay costumbres humanas difíciles de perder, pero a mí me pareció práctico y tú me dijiste que era buena idea.

Aquí somos felices. Desde que nos levantamos hasta que no se ven más que estrellas somos felices. Siempre nos quedamos levantados hasta tarde (aunque no sé muy bien cuando nos acostamos, destruiste todos los relojes nada más llegar y, la verdad, no los echo de menos).

Me obligas a quedarme despierto un buen rato hasta que crees que, después de observar un buen rato el cielo, ya me siento lo suficientemente pequeño e insignificante por ese día. Es nuestra lección diaria. Aquí no hay “padres nuestros” ni peregrinaciones a ciudades muertas.

El mapa parece haber quedado lo suficientemente bien como para poder guiarnos. Ahora nos hace falta un mapa de estrellas. No cambiaremos nada. Igual que hicimos con los montes marcianos. Todo conservará su nombre. Después de todo, la Tierra quedó atrás y no queremos cometer los mismos errores.

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Balsas de madera agosto 23, 2006

Posted by Sr. William Stendahl in Crónica de Marte.
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Antes no llovía en Marte. La tierra roja no conocía el golpeteo intenso de las gotas, y tampoco su caricia tenue. Había agua, por supuesto, grandes canales recorren y comunican las ciudades marcianas, pero nacían de debajo del mundo, nunca venían del cielo.

Pero entonces el hombre llegó a este limpio planeta y apenas pudo dar una bocanada de aire. Plantó árboles que movieron el aire y las nubes cubrieron los cielos despejados. Y, por primera vez en miles de años, la lluvia volvió a mojar el fondo de los mares secos, rompiendo el brillo del rojo intenso del suelo y las rocas, apagando la luz propia del planeta.

A veces, sobretodo de noche, no son los árboles quienes llaman a la lluvia. A veces, se cuela por las rendijas de nuestro refugio, calandonos hasta los huesos. Por eso, cuando me sobra tiempo en este mundo sin rutina, talo los árboles pequeños y construyo balsas de madera. Así evito que te entre el miedo que te atenaza el pecho cuando llega la lluvia y amenazan las inundaciones.

Perdido en la inundación agosto 23, 2006

Posted by Spender in Infierno, dulce infierno.
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El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

Federico García Lorca, Lluvia

Y acaba sólo habiendo lluvia sobre la almohada. Sin rabia, sin rencor, pero llueve. Y se encharcan las costillas como dos enormes agujeros gemelos y profundos en el pecho.

Dos o tres palabras bastan. Y sólo quedan besos salados en la comisura de los labios, y miradas y caricias imaginando noches mejores. El techo llora, las paredes suspiran y el insomnio sonríe como un loco sabedor de su victoria.

Y sólo quedan pequeños golpes profundos, alcanzando órganos vitales que ni siquiera sabías que existían. Pequeñas llagas sobre una piel demasiado sensible, que busca refugio en tu regazo como un niño.

Y sólo queda una cura. Y es la misma que la enfermedad.

Lifetime revisited agosto 21, 2006

Posted by Spender in Infierno, dulce infierno.
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Por loco me conocen.
Necio me dicen.
Me pregunto a quién de los dos envidian.

William Blake

Sé lo que es una sábana. Sé que solo es un trozo de tela.

Y sé que la distancia entre dos puntos fijos es siempre la misma, se vaya sólo o acompañado; con una sonrisa o con lágrimas en los ojos.

Y que un beso es simplemente una caricia de unos labios sobre mi piel. Más allá de eso, no hay mucho.

Pero a estas alturas el diccionario ya no me sirve de nada. Simplemente se ha quedado obsoleto después de que tu bola de nieve arrasara con todo, dejando un paisaje dolorosamente bello y limpio, cuya atmósfera nos ha arrastrado hasta este punto de no retorno. Tampoco queremos volver.

¿Infierno? Deberían revisar ese término.

Extravagancias de vivir más allá de la luna agosto 21, 2006

Posted by Sr. William Stendahl in Infierno, dulce infierno.
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Mirar al cielo y entenderlo todo. Olvidarte de echar sal a las comidas. Que se te caigan las cosas de las manos. Dormir menos cada noche y pasarte el día entero dando cabezadas. Que todo tenga menos sentido si sólo lo estas haciendo tú. Tener siempre la cabeza en otro sitio, el pulso alterado y la mirada perdida. Que se te escape la risa cuando paseas solo por la calle. Leer más poesía y empezar a comprender ciertos versos. Escuchar de nuevo música en inglés y volver a inventarte la letra. Sonreír hasta en los velatorios. Imaginarte situaciones lejanas y pensar en cómo resolverlas. Mirar al futuro con cierto optimismo. Querer colonizar otro planeta para intentar que las cosas vayan mucho mejor a partir de ahora. No recordar la última vez que caíste al abismo. Sentir que pierdes cada minuto y que cada kilómetro es una batalla perdida contra el tiempo. Que te manden al infierno y les des las gracias.

Cartón-piedra agosto 16, 2006

Posted by Sr. William Stendahl in Recuerdos de la Tierra.
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A veces me sorprendo caminando sin rumbo con la mente en blanco. Sin darme cuenta me golpeo con la gente al andar, y soy incapaz de pedir una disculpa. Simplemente sigo avanzando, observándolo todo, como si fuera mi primer día en el mundo, como si no conociera esta ciudad.

Aquí todo es gris y apagado, apenas mes y medio de sol al año. La ciudad es triste y parece llena de marionetas. Hoy alguien me dijo que, en realidad, no es más que un decorado, bonito pero falso, que las calles son de cartón y ocultan la verdadera naturaleza de los edificios, mucho más sombríos y sórdidos. Entonces todo tendría más sentido: si vivo en un gran decorado, todos son actores y yo uno más. Lo que pasa es que aún nadie me ha dado mi papel, y mientras sigo sin pedir disculpas cuando golpeo a la genta al caminar.

Tic tac tic… Crack!! agosto 13, 2006

Posted by Sr. William Stendahl in Crónica de Marte.
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Aquí arriba el tiempo no funciona. No hay rutina, ni obligaciones, ni horarios establecidos. Todo eso lo dejamos en nuestro antiguo hogar. La sensación de no regirse por el paso de los minutos no era nueva, de vez en cuando conseguíamos escaparnos y dejar de mirar el reloj por unos días, pero nunca había durado tanto. Pensé que no conseguiría acostumbrarme.

Pero cuando me desperté hoy -no sé si por la mañana o al medio día o rozando ya la tarde- no sentí el impulso de mirar ningún enjendro mecánico que indicase el nombre de ese momento de mi vida. La falta de horas respiraba placidamente bajo mi cuerpo; el tiempo inexistente resbalaba sobre la piel de mi espalda, acariciandome despacio.

Cuando escapé de las redes de aquella placidez, salí afuera y enterré mi reloj bajo la tierra roja. Antes de volverme para observar el refugio que hemos encontrado, pisoteé el montón de tierra que quedaba a mis pies hasta que lo oí crujir. Luego me detuve y pensé que, tal vez, ahora que no tenemos que vivir presionados por el tiempo, consigamos que deje de escaparse entre nuestros dedos.

Despierta y huele el azufre agosto 1, 2006

Posted by Spender in Crónica de Marte.
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Límpiame el espacio
para observar las estrellas.
Ellas soñaron con telescopios

The Zephyrs, Stargazer

– Dicen que cuanto más volamos más arriesgamos nuestras vidas.

Dabas vueltas alrededor de la nave con aquella lata de gasolina en las manos, vertiendo el líquido dorado sobre los pies de la nave.

– No tenemos por qué volverlo a hacer, ¿verdad?

Sonreías como una loca. Parecías completamente fuera de ti. Sólo faltaba la chispa. La misma chispa de aquella noche de febrero. El mismo descaro y la misma timidez que perdí el momento justo antes de pedirte que te metieras entre mis sábanas y te quedaras allí para siempre.

Nos miramos. Prendiste la mecha y nos alejamos para que el humo no manchara el espectáculo de la noche marciana que por primera vez admirábamos. Aquella noche observamos las estrellas hasta dormirnos.